miércoles, 27 de noviembre de 2013

Cómo trabajar por Objetivos




Cuando queremos alcanzar la cima de una montaña, hay muchos pasos que dar entre el comienzo y la cima. El esfuerzo que tenemos que realizar para seguir dando todos estos pasos es elevado y hay que tener plena convicción en la consecución del objetivo, sino desfalleceremos en el camino.
Si nos imaginamos haciendo cumbre, lo que será el momento victorioso de haber llegado, nos será mucho más fácil conseguir nuestro objetivo.
Las razones más frecuentes del fracaso son la falta de objetivos claros. La definición de éstos sirve para orientar nuestro esquema interno (de forma más o menos consciente) en la dirección correcta para conseguirlos y concentrar las fuerzas sobre el verdadero punto de gravedad.
¿Os reconocéis con esta forma de funcionar?: “La mayor parte de nuestro trabajo surge de forma reactiva, atendemos peticiones, solucionamos problemas, buscamos información que necesitamos para algo”.
¿En cuántas de estas tareas nos tomamos la molestia de establecer un plan?.
Está comprobado que quien se marca objetivos orienta la fuerza de su esquema y motor interno hacia la consecución del mismo, y concentra sus energías hacia el verdadero punto de gravedad. Con ello evitamos dispersarnos en tareas que no serán clave y que ahora nos será más fácil identificar.
Otra de las ventajas es que el hecho de tener establecido un compromiso a través de los objetivos, nos permite enfrentar tareas poco seductoras con mejor disposición, dado que conocemos su importancia en contraste con el panorama general (la meta a conseguir).
Tener que hacer un seguimiento de cómo vamos cumpliendo los objetivos marcados, tiene una ventaja adicional: tenemos una trayectoria de la consecución de los mismos. Conviene que esta esté documentada, de forma que podamos utilizarla como soporte en nuestra evaluación del desempeño, y demostrar(nos) cómo vamos progresando con respecto a cada uno de los aspectos.
Después de esto pensaréis: “Si, esto suena muy bonito, pero en mi puesto de trabajo (y en mi vida) tengo muy poca posibilidad de establecer “mis objetivos”, casi siempre me los establecen mis superiores, las circunstancias…”.
En el caso de sentirnos "coaccionados por las circunstancias", sugerimos la práctica del empoderamiento, que os creáis estos objetivos. Yohan Jonson definió el empoderamiento en el ámbito profesional como el hecho de delegar poder y autoridad a los subordinados y de conferirles el sentimiento de que son dueños de su propio trabajo. Lo mismo aplica para el terreno personal.
Independientemente de todo lo anterior, es imprescindible conocer las CARACTERÍSTICAS que tienen que cumplir los objetivos establecidos o a establecer, para poderlos acometer correctamente:
Propios – Cuanto más propio sea el objetivo establecido, más se luchará por su consecución. Los objetivos impuestos son mucho menos efectivos, ¿Cuánto corazón y ganas le pones a tu proyecto y cuánto le pones al que te han sugerido?
Medibles y Cuantificables – Es imposible hacer un correcto seguimiento de un objetivo que no se puede medir. Tomemos como ejemplo “la mejora de la atención telefónica”. Dirás que en la encuesta que realizas anualmente a tus clientes les preguntas por su satisfacción con respecto a la atención telefónica y que este es un dato contrastable y medible año a año. No es del todo correcto porque dejas en mano de la “percepción” del cliente su opinión sobre tu servicio. En este caso los parámetros que se manejan son del todo subjetivos: su relación con la operadora, el que últimamente haya tenido un pedido entregado con retraso podría penalizar toda la encuesta y, aunque le hayas contestado el teléfono a la primera, dirá que tu atención telefónica no es tan buena como se desea, etc… Lo primero será preguntarnos ¿qué factores contempla mi cliente para valorar si hago una buena atención telefónica? Si mi cliente valora la rapidez en la contestación mi objetivo podría ser “Contestar el teléfono antes de 4 rings”: si no establecemos un número de rings máximo, no se sabrá si se ha mejorado.
Concretos y Específicos – Estaría mejor definir un objetivo si en lugar de poner "querer mejorar la atención telefónica", pusiéramos "contestar el teléfono antes de 4 rings".
Compatibles– Si un objetivo no es compatible con otro, será imposible su consecución. Hay que poner especial atención en este punto. Por ejemplo, no se podrá reducir el gasto de correo postal si no se habilita el uso de correo electrónico al personal.
Alcanzables - A la hora de establecer el objetivo hay que considerar que tiene que poderse alcanzar con cierto grado de dificultad; tiene que considerarse un reto alcanzable; lo fácil no motiva, pero lo imposible ni se comienza.
Con plazos – Es importante establecer plazos de cumplimiento, en caso contrario es posible que la consecución del objetivo se alargue en el tiempo indefinidamente sin cumplirse.
Por escrito – Teniendo los objetivos por escrito, aumentamos nuestro compromiso, sirven como recordatorio y facilita su seguimiento y revisión.
Si después de leer estas líneas, crees que sería posible intentarlo, no dudes en que la mitad del trabajo ya lo tienes hecho, pues la convicción mueve montañas. Si además añades ILUSIÓN y CORAZÓN, verás que fácil resulta obtener resultados visibles de lo que considerabas ”un sueño”. No obstante, en todo camino de rosas también encontramos espinas, te recomendamos que aprendas de los fallos cometidos y no los veas con actitud crítica, sino de mejora. Es la mejor forma de alcanzar el éxito.

Tomado de: Formación en Excelencia en Gestión para organizaciones. Curso impartido por Teresa Román Valdivia –teresa.roman@kreadis.com